Se habla mucho de dejar el ego, soltar, en clases de yoga. Veamos en qué consisten estos conceptos.

El ego es una construcción psicológica. El ego no es la parte consciente de nosotros mismos ni tampoco nuestra personalidad, va más allá de eso.

Ego tenemos todos, es necesario para vivir. El ego no es malo ni hemos de castigarle ni rechazarle porque estaríamos haciéndonos daño a nosotros mismos.

El ego es nuestra forma de construir la realidad y adaptarnos a ella. Hemos repetido, vivenciado nuestras experiencias muchas veces de formas muy parecidas creando un patrón de comportamientos, de pensamientos y de sentimientos. El ego es la persona que hemos construido, es lo que creemos que somos. El “yo soy”.

Me identifico con ser mujer, ser madre, ser esposa, ser yoguini…

Cuando la identificación produce sufrimiento, pasas a ser un esclavo de tu ego. Tu ego ha cogido mucho espacio de ti.

Cuando te das cuenta, entonces puedes elegir seguir con lo mismo, con el mismo sufrimiento quedándote en lo conocido, en tu zona de confort o hacer algo distinto.

Hacer algo distinto implica asumir riesgos, enfrentarte a lo desconocido, confiar en ti y en el mundo.

El ego juzga como bueno-malo, lo ve todo muy polarizado, en parte es una economía de pensamiento para no tener que gastar mucha energía al tomar decisiones, plantearse todo conscientemente. Lo que nos lleva a tener patrones automatizados con los que vamos funcionando.

El ego se compara, quiere ser aprobado, ponerse la medallita para quedar en el lado “bueno”. Ser mejor que fulanito, mas listo que menganito, más guapo etc.

Y por supuesto quiere controlar y como todos sabemos es una batalla perdida, eres responsable de tu vida pero el resultado no te pertenece. No puedes controlar lo que pasa en el mundo. Pero si crees (tu ego) que controlas, te quedas más tranquilo por un tiempo corto. Es una ilusión de control.

El apego es aquello a lo que tu ego se ata, a lo que es dependiente. En una relación es muy evidente. “Sin ti no soy nada, no puedo vivir sin ti”, lo típico de las canciones pop románticas y melancólicas.

Los apegos te roban la paz y la libertad llenándote de ansiedad por perder lo que crees que es tuyo “eres mía”, llenándote de inseguridad, de celos, de rabia…

El rechazo también es una forma de apego, pero al contrario, aquello que rechazas categóricamente, como un automatismo. “Yo nunca haré esto.”

Es la polaridad del ego, moverse entre apegos y rechazos.

Creer que necesitas pareja para ser feliz, que debes tener hijos para trascender o para afianzar una relación por ejemplo, los apegos y rechazos son ideas que se enquistan en ti.

Por ejemplo cuando muchas personas se jubilan ya no saben qué hacer, se han identificado con el trabajo que tenían y ya no se encuentran, se enrancian, se llenan de mal humor y rabia.

Escucharás también en clase, no te apegues a la asana, se refiere a concentrarse mucho del resultado y centrarse en él. Así es como nos lesionamos, porque no nos estamos respetando ni escuchando. Queremos hacer el asana de la foto, o como la hace nuestra compañera de clase. Ese no es el camino del yoga, es el camino del ego. Cierra los ojos y céntrate en ti.

Cuando sales de la polaridad, te enfrentas a la incertidumbre y confías en ti, en el universo o Dios o naturaleza o como quieras llamarlo. Para mí esto es la fe.

Recordar que yo no soy mi mente, que yo no soy mis pensamientos, que yo no soy mi ego, soy mucho más.

El yoga enseña a escucharse, a observarse, sin juzgarse ni comparase. Y a soltar, a dejar ir, a disolver el ego dejándolo en el lugar que le corresponde, ni más ni menos.

Permite que entre lo nuevo soltando aquello que ya no vale, ya no sirve. Como las olas del mar que van y vienen, nada permanece todo se mueve, cambia. Es como si la arena no dejara, se aferrara a la ola. O como si el árbol no permitiese que el fruto madurase y cayese a tierra.