Quiero compartir mi relación con el vegetarianismo-veganismo-omnivorismo. No soy una experta en nutrición, no doy consejos y se que este tema es muy complejo, con muchas implicaciones y que provoca mucho sufrimiento.

Desde los ventipoco he querido ser vegetariana y más tarde vegana. Llevo más de 15 años con la misma idea, cada vez que me hacía listas de cómo quería ser o que quería para el año tal, siempre salía ser vegetariana en los primeros puestos. Mis motivaciones tenían que ver con el sufrimiento de seres inocentes, en crear un mundo más pacífico empezando por el plato y más adelante también en el vestir, el calzado…

Lo he hecho siempre por mi cuenta, consultando libros sobre veganismo, recetas, webs, hablando con amistades vegetarianas/veganas, viendo documentales de las barbaridades, comprando en herbolarios soja texturizada, tofu, seitán, legumbres, cereales ecológicos y mil cosas. Y siempre saltando de vegetariano-omnívoro, vegetariano-vegano.

Puntualizo que desde pequeña me he sentido falta de energía, débil, solía tener anemia de hierro y el colesterol muy bajo. He tomado muchas veces complementos de hierro y de vitaminas. Y no me he sentido mejor, siempre me recuerdo en ese estado, de adulta también, con falta de energía.

Al cabo de uno o dos meses siendo vegetariana me sentía mal, unas sensaciones extrañas, dolor de cabeza, cansancio, piel seca, mal aliento, nerviosismo, así todo muy difuso y yendo a más poco a poco. A veces tenía ansias por comer mucha carne y aveces me hacía caso, otras no.

Otras veces volvía a comer carne después de unas semanas o meses llevando una alimentación vegetariana, solía coincidir cuando estaba en reuniones familiares, porque no había opción para mi o simplemente para no pasar hambre o no molestar.

Algunas veces iba al médico de familia, al que no suelo ir mucho, me mandaba análisis de sangre, orina y siempre me decía ¿tu comes poca carne? A veces explicaba que seguía una dieta vegetariana o vegana según, otras no decía nada. Pero me quedaba con una sensación de que no valía para esto, que mi cuerpo no seguía a mi mente. Una sensación de fracaso, en que la realidad se imponía.

En 2014 me puse muy enferma, ya fueron más meses y seguía una dieta vegana. Lo que sentía era un frío extremo, temblores en las piernas mientras caminaba, la piel seca y tirante, estaba muy blanca y poco a poco dejé de comer, perdí la sensación de hambre y también empecé a obsesionarme con lo vegano y ecológico. Un día que me miré en el espejo del ascensor, se me veía demasiado el cuero cabelludo, vamos que estaba perdiendo hasta el pelo, entonces fui al médico.

No recuerdo exactamente que valores estaban mal en los análisis, pero eran muchos. El médico me dijo que todo se solucionaba comiendo carne de nuevo, que el ser humano es omnívoro por naturaleza, que necesitaba volver a comer animales. Además de bromitas de esas de ¿Como puedes vivir sin chorizo ni morcillas?

Tenía en cuenta comer cereales integrales, legumbres, vegetales etc. Equilibrando proteínas, hidratos, grasas, tomando muchos frutos secos, chía, habas de goji, aceite de oliva virgen extra… Como estaba muy centrada en esto, era mi obsesión, creía que lo estaba haciendo de forma equilibrada y sana y sobretodo estaba evitando el sufrimiento.

Y recuerdo que a principios de 2015 llorando volví a comer un trocito de pechuga de pollo y sentí una saciedad que duró seis horas. Una sensación rara, sin hambre, sin nervios, calmada. Le había dado a mi cuerpo lo que necesitaba y al cabo de unos días, empecé a comer carne a lo bestia, a diario. Y se me pasó todo el malestar.

Tardé bastante tiempo en volver a intentarlo, ya que me había puesto muy enferma, entonces volví a una dieta vegetariana. Eso sí, antes de dejar de comer animales, ya había ido dejando de comer yogures, queso, reducí los huevos, sin forzar o los tomaba de forma puntual. Entonces llevaba meses tomando complementos de B12, varias B, calcio, hierro… Y lo de siempre, otra vez me sentía débil, fui al médico. Recuerdo que tenía anemia de hierro, de ácido fólico y colesterol por debajo del mínimo.

El médico me explicó que no podía ir en contra de mi naturaleza, el ser humano no puede asimilar los nutrientes de complementos/suplementos o algas igual que los que vienen de fuentes de origen animal, que yo misma me estaba creando problemas de salud. Que ser vegetariano no era para todos. Y otra vez me forcé a comer “de todo” y me sentí bien.

Hubo una última vez fue hace unos meses y creo que será la última, no fui al médico, para qué, si ya sabía lo que me iba a decir. Esta vez también llegué al extremo y lo que más me asustó fue que empecé a tener pensamientos obsesivos a cerca de mi peso, pesándome continuamente de forma compulsiva. Y Aitor, mi marido, me preguntó ¿quieres seguir adelgazando? y le dije sí de forma automática, ahí me di cuenta que estaba jodida de verdad. Hasta el momento nunca le había dado importancia a mi peso, sí tenía más kilos que antes del embarazo que quería perder, siempre dentro de un peso normal.

Me di cuenta que el dolor de cabeza podía tener que ver con la alimentación que seguía, no paraba de dolerme la cabeza, era un dolor que sentía desde hacía al menos un mes pero había empezado poco a poco, pero últimamente era intenso y contínuo, incluso mientras dormía, que estaba irritable e insoportable, todo me molestaba, que a penas comía ni bebía, vivía sin sensaciones de hambre ni sed, estaba cansada y alterada a la vez aun tomando los complementos, necesitaba dormir mucho, la piel me picaba, tenía como una capa de harina encima de los brazos y piernas, de todas las pieles secas. Sentía un dolor de espalda, también en rodillas, muñecas, así general. Tenía muchísimo frío, me costaba concentrarme, mucho más de lo normal, estaba alterada, alerta y a la vez me sentía en otra realidad, ligera, alejada. Y el pelo me caía a puñados. Mis sentadas de meditación eran horribles, no conseguía despejar mi mente.

Muchos me decían que estaba más guapa, más delgada. Claro, adelgacé unos 5 kilos y tampoco es que me sobrara mucho. Mi madre y Aitor me decían que tenía mala cara.  Estaba convencida que esta vez sí, que llevaba unos 5 meses o así de vegetariana y luego vegana, que no había vuelta atrás.

Era sábado cuando me di cuenta que tenía pensamientos anoréxicos, después de esa simple pregunta. Ese día hice un poco de siesta, soñé que comía un pastelito de tomate. Cuando me desperté le dije a Aitor, vamos a la pastelería San Vicente, él por supuesto, dijo que sí, porque hacía semanas que me decía que no comía casi, yo comía muchas veces sola, para no sentirme controlada, para ir a mi rollo.

En la pastelería comí el pastelito de tomate, cuando lo terminé caí en la cuenta que no me había preocupado si llevaba atún o huevo, yo que siempre preguntaba, miraba etiquetas… Y en ese momento me dejé llevar y me tomé tres pastelitos de queso con mermelada con una botella Lanjarón de litro y medio. En ese momento me daban igual las vacas, las grasas, los azúcares, los peces o las gallinas.

Le hice caso a mi cuerpo y así continúo. Devoré toda la carne que no había comido en mucho tiempo. Y ahora ya parece que voy regulando la alimentación, encontrando un equilibrio. He recuperado el peso, me peso una vez a la semana o ni eso, ya no me preocupa. Y no quiero que me preocupe, cuando tengo el impulso de pesarme, lo venzo y no lo hago.

Creo que algo ha cambiado porque me doy cuenta, lo puedo ver desde fuera y no me castigo, no me juzgo. No soy mala si como animales, huevos, queso o miel. Si mis zapatos son de cuero o llevo un jersey de lana.

Que si, que si hubiera ido a otro médico, a un nutricionista puede que contase otra historia. Soy muy de hacérmelo yo sola. Y por otra parte pienso que comer ha de ser algo fácil, natural, si mi cuerpo no puede o no se adapta o no he sabido hacerlo, no quiero forzar más, solo quiero escuchar a mi cuerpo. No a mi mente que me dice que no soy buena si como esto o lo otro, fíjate cuanto sufrimiento hay en el plato, cuantos recursos en este plato. Ya vale. Me pesan mis pensamientos.

Desde el yoga, el primer yama es ahimsa, no violencia, no hacer daño, respetar, amar, sentir compasión, empatía. Sí, sé que hay un cadáver en un filete, un óvulo en la tortilla, un vómito en la miel, leche materna destinada a una cría que yo estoy robando para tomarme un yogur. Lo sé, me duele, lo escribo llorando, pero no puedo ir en mi contra. No más, ya no quiero enfermar, obsesionarme. No he sabido ser solo vegetariana, porque qué diferencia hay entre un cadáver y la leche, ambas industrias se complementan. Que diferencia hay entre un huevo y un caldo de pollo.

No es necesario poner nombres, etiquetar en vegano/vegetariano/omnívoro. Porque ser vegano va más allá de la alimentación, el respeto a los animales se extiende a no utilizarlos, por ejemplo no ir a zoos, no subir a caballo, no ir a corridas de toros, no fomentar la cria de mascotas, sí la adopción de animales…

Conozco a personas que dicen que son veganas y luego las ves comiendo lonchas de pavo o llevando bolsos de cuero. O decir que son vegetarianas porque comen pescado y jamón serrano. Hay mucha falsedad en todo esto, me etiqueto como vegano, o sea “buena persona” y luego como pollo. O me hincho a dulces que esa es otra, desde que he vuelto a comer de todo y ya no me tira tanto el dulce. Hasta qué punto comer tanto dulce o tener ese ansia por el chocolate no es una forma de compensar la falta de grasas o hidratos. Porque una cosa es seguir una dieta vegana, pero renunciar a un dulce aun llevando leche o huevos, eso es más difícil.

No creo que sea necesario encajar en una etiqueta, decido hacerle caso a mi cuerpo, escucharme, ya no estoy cansada, me siento con energía, ya no tengo la piel seca, me siento relajada. Siento una tranquilidad muy agradable.

He vuelto a tomar miel, que hacía años que no tomaba, pensé que no me gustaba. Y claro, acostumbrada al sirope de ágave o de arroz, pues la miel está mejor de sabor, mucho mejor. Y acepto que me gusta el sabor de los productos animales, sí.

Si la idea que quiero tener de mí no se corresponde con la realidad ¿donde está la aceptación, donde está el respeto, el amor por mi misma? Ese es mi ego, diciéndome cómo he de ser, cuando me experimento dividida, separada, compulsiva, rígida… Mi trabajo está en aceptarme, en aceptar que necesito comer “de todo”. Yo no soy mala si consumo animales. Mis pensamientos ya no me pesan, me siento ligera en ese sentido. Mis menstruaciones son más llevaderas.

Aunque también ha sido una buena bofetada para mi ego darme cuenta de esto, darme cuenta que llevaba años aferrada a una idea rígida que no me servía, que estaba equivocada.

Me encanta salir a cenar fuera y elegir opciones veganas, que cada vez haya más productos veganos en supermercados. Prefiero el pescado que la carne, la carne blanca que la roja. Sin abusar de comer carne ni pescado, ahora ya estoy encontrando ese equilibrio. Lo que no se hasta qué punto esta moda o tendencia de ser vegano que hay últimamente, que haya tantos defensores, incluso llegando a la violencia para defender sus ideas… Están dando a entender que ser vegano es para todos, es igual a salud y a ser buena persona. Y para mí no lo es.