El sábado di la primera clase en la formación de instructor de yoga. Llevaba toda la semana nerviosilla, excitada… me tocó darla a última hora del sábado, sobre las 6 de la tarde. Después de un taller de mantras y una clase que dio mi compañero Jose An.

Fue toda una experiencia, estoy contenta con mi desempeño teniendo en cuenta que era la segunda clase que daba. Después de la clase hubo un feedback, de la profe y de mis compañeros, cada uno expresando su vivencia, los puntos a mejorar y las potencialidades. Aprendí mucho de mí, me di cuenta de lo exigente que soy conmigo misma, de mi relación con el resto, de cómo hago frente a lo que dicen los demás cuando es algo negativo, porque cuando te dicen que todo bien, es genial, pero se aprende mucho de lo que no es tan positivo.

Me doy cuenta que me falta valorarme un poco más, aceptar lo que no puedo controlar, aprender a regular mi voz y controlar un poco más el tiempo.

Creo que es la clase que más móviles sonaron, más gente se levantó y la única que hubo un pedo sonoro y la autora del pedo dijo “he sido yo” y venga las risas… La verdad es que me descolocó bastante para poder seguir centrada, el tiempo corría…

También fue muy divertido dar clase. Sentí que eso era lo que quería hacer, que era mi dharma, al igual que lo sentí este verano cuando les di una clase a mi hermano Guillermo y a su novia Anne.

La clase era vinyasa flow, al igual que la primera, lo cual para mí resulta mucho más compleja como profe que dar una clase en que las asanas se mantienen más tiempo y no hay vinyasas o si las hay, no enlazan tantas asanas. Por lo que me arriesgaba bastante al ser más complejo y también era una clase que sabía que no iba a gustar o al menos no la iban a disfrutar algunos de mis compañeros que practican kundalini o hatha más estático.

Es curioso todas las formas de práctica de yoga que hay, hay un yoga para cada persona porque la expresión y vivencia de cada persona es única y se verá reflejada en el tipo de práctica que realice.