El jueves 28 di mis dos primeras clases a desconocidos. Fue en la Sala Alas en Nules y ha sido el mejor regalo de Navidad. Terminar el año dando clase me llena de gratitud, de amor y de energía para continuar en este camino de ser alumna y profesora de Yoga.

La sala es pequeñita, agradable, cálida y muy acogedora. Me sentía como en casa y me hicieron sentir así también María, que me abrió el local y Javier y Silvia los profes de la sala que se habían ido de retiro.

Las dos clases fueron seguidas y mi vivencia fue distinta en las dos. Me habían dicho que dar clase cansaba, que se liberaba mucha energía. Lo comprobé después de la primera, noté que mi energía daba un bajón enorme. Y además tenía la gripe y la regla, todo junto y era bastante tarde, la segunda clase empezaba a las 20.30h. Cuando yo soy de madrugar y acostarme pronto.

En la segunda clase tuve que hacer un gran esfuerzo para estar centrada, me iba notando que necesitaba descansar. También acorté la serie, porque notaba que necesita ir un poco más lenta. Aprendí tanto de mí, de cómo me siento más cómoda al corregir, al instruir, de la necesidad de apoyos, de la conciencia corporal, de ser un ejemplo en que los demás se ven reflejados etc.

Cuando al final de cada clase se quedaron las alumnas descansando en savasana, para mí fue super bonito y gratificante, se les veía tan relajadas, no puedo describir con palabras lo que sentí, un profundo amor hacia ellas, hacia mí y hacia todo lo que me rodea.

Gracias mil a Javier y Silvia por confiar en mí, a las alumnas (había un solo chico) por estar ahí y acompañarme a mí y al resto en este camino y al universo por vivir esta experiencia.

Esta es la sala antes de que empezar.