El otro día le dije a Pau, mi hijo: ríndete, acepta. Esto venía porque se quejaba de que su tarde no había sido super guay, no se había divertido tanto como él esperaba, decía vaya mierdolo.

Estuve a punto de decirle acepta que hay algo más grande, que las cosas no son como quieres, son como son, sé feliz con la tarde que has pasado, agradece que tengas amigos, que hayas salido con tu colla (en valenciano es tu pandilla). Pero eso era demasiado para él, era como si me lo estuviera diciendo a mí misma.

Somos tan parecidos. Me veo reflejada en él muchas veces, se parece mucho más a mí que a su padre. Y además es como mi padre y por eso chocamos tantas veces. Reaccionamos de forma muy similar. Veo que él es mucho más sociable e independiente que era yo a su edad, por lo que pienso que él nos mejora como familia.

También recuerdo lo que me dijo mi profesor Javier, el pasado verano tras un retiro. Yo me quejaba de que el lugar estaba sucio, hacía frío, la comida era escasa, no sigo. Me dijo que saliera de esa polaridad me gusta-no me gusta, del apego-rechazo.

Me doy cuenta de lo mucho que me dejo llevar por estos apegos-rechazos, reaccionando soy como una veleta movida por el viento, entre lo que me gusta y lo que rechazo. Y si añado exageración, perfeccionismo y algo de drama pues todavía más y más me recreo en el pasado.

Salir de ahí no es fácil, hay que estar siempre vigilante, presente. Cultivar la aceptación, el no juicio, hablar menos, escuchar más y respirar, respirar mucho.

Y cada vez que me pillo, volver a ese lugar de neutralidad. Que no es frialdad, no quiere decir que no disfrute de las cosas, que me parezca todo bien, que no tenga criterio, sino que no reaccione, que no me deje llevar por esta polaridad.

Si ya no tengo lo que me gusta no sufrir por ello, que si ya no está lo que no me gusta, no continúe dándole vueltas y vueltas. Suelo ser de dar vueltas, vueltas y más vueltas.

Al final es aceptar que hay algo más grande que yo, que mi ego, que me rinda, que deje de controlar.

Si estoy en mi ego no estoy conectada ni conmigo ni por supuesto con los demás.

Agradeciendo lo que venga me ayuda a salir de esa polaridad, porque todo es una oportunidad para crecer, para descubrir cosas en mí, normalmente cosas escondidas que no me gustan nada, como la agresividad, la superioridad, la inferioridad, la ira, la crítica…

Cuando estoy tanto en la queja, en lo que me molesta, es tan cansado y pesado para mi cuerpo, para mi mente… Y soy tan pesada, tan desagradable, tan cansina para los demás…

Si acepto la vida tal y como es, me rindo a esa realidad más grande que yo, entonces mi vida se transforma. Y así es el camino de la vida, una evolución constante.